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La princesa bizantina Ana Comnena, copista del manuscrito Escorial Ω-II-13 (gr. 530)

  Inmaculada Pérez Martín

                                                                  Investigadora científica, ILC-CSIC

                                                          En celebración del 8 de marzo de 2024

En la Edad Media, las mujeres no solían desempeñar tareas profesionales; hacerlo implicaba relacionarse libremente con clientes y proveedores y sin duda esa libertad de movimientos atentaba contra los principios de una sociedad patriarcal. Sin embargo, esta afirmación, que es válida en lo que respecta al conjunto de las sociedades cristianas, occidentales y orientales, no siempre se justifica: en economías precarias como las medievales nadie podía evitar que se impusiera la necesidad y las mujeres trabajaran en la producción y venta de todo tipo de bienes. Por otra parte, cuando en el ámbito familiar se realizaba una actividad artesanal, el padre podía transmitir a su hija los conocimientos necesarios para desempeñarla.

En grupos sociales más privilegiados, algunas mujeres músicas, poetas o pintoras consiguieron que su arte superara las barreras de la convención y llegara al público. Las mujeres aristócratas pudieron desarrollar su capacidad creativa e intelectual gracias a la existencia de ámbitos como el monástico, en los que disfrutaban de la autonomía propia de su lugar en la sociedad y su riqueza.

En Bizancio, en efecto, hubo mujeres muy influyentes en la corte que lo siguieron siendo después de trasladarse a un convento, normalmente fundado por ellas; allí no sólo administraban sus bienes y dirigían la comunidad monástica, sino que utilizaban ese espacio como sede de su mecenazgo, de su apoyo a escritores y filósofos miembros de un círculo vinculado a su mecenas que solía denominarse theatron.

Creo que así se puede entender mejor las figuras de las escritoras bizantinas, todas ellas aristócratas que encontraron en sus monasterios en Constantinopla el espacio de libertad necesario para crear:

  • Casia, la noble del siglo IX que compuso tanto himnos litúrgicos como epigramas (véase Casia de Constantinopla, Poesía, edición bilingüe de Óscar Prieto, Madrid, Ediciones Cátedra, 2019);
  • Ana Comnena, la hija del emperador Alejo I Comneno (1081–1118), autora de una historia del reinado de su padre, la Alexíada (traducción española de Emilio Díaz Rolando, Barcelona, Ático de los libros, 1989);
  • Teodora Raulena, que a finales del siglo XIII –en una época convulsa para la corte bizantina–, escribió la Vida de los hermanos Teófanes y Teodoro Graptos, dos opositores a la política iconoclasta en el siglo IX.

Si la figura de Casia está envuelta en las brumas de un pasado muy lejano, de las otras dos escritoras conocemos bastantes detalles de sus vidas, especialmente de Ana Comnena, que es la princesa que nos interesa aquí, porque en la Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial se conserva un manuscrito griego copiado por ella. Este es un descubrimiento que he podido realizar recientemente en el marco del proyecto DIGITESC (TED2021-130178B-100), que está llevando a cabo la digitalización, descripción y puesta en línea de la colección de manuscritos griegos de El Escorial, en colaboración con Patrimonio Nacional.

 

Intrigas cortesanas

Ana Comnena es una princesa “porfirogéneta”, es decir, nacida en la cámara púrpura del Palacio imperial en Constantinopla, como correspondía a los hijos del emperador. En efecto, en 1083, fecha de su nacimiento, Alejo I Comneno llevaba ya dos años en el trono de Bizancio, donde permaneció hasta su muerte en 1118. La madre de Ana, Irene, era una mujer en muchos sentidos excepcional, perteneciente a la noble estirpe de los Ducas. Tras la muerte de su marido, se retiró al convento de la Theotokos Kecharitomene (la Virgen Llena de Gracia, lo llamaríamos en español) que había fundado unos años antes.

En la primera parte de su vida, Ana hizo lo que se esperaba de ella. Con 14 años, en 1097, contrajo matrimonio con el césar Nicéforo Brienio (otro noble escritor de historia, como ella) y tuvo con él dos hijas y cuatro hijos.

En aquellos años, junto a Alejo I dos figuras femeninas habían adquirido influencia política: la madre del emperador, Ana Dalasena, y su esposa, Irene Ducas. El trono debía heredarlo Juan, el hermano pequeño de Ana, pero tras la muerte de Alejo en 1118, madre e hija maniobraron para que quien lo sustituyera fuera el césar Brienio. El complot no salió bien y ambas mujeres se retiraron a la Kecharitomene.

Los frutos del retiro

Ana tenía entonces 35 años y mucho tiempo libre por delante. Pero sobre todo contaba con una mente despierta y con la cultura que había adquirido desde pequeña, escondiéndose en los rincones de palacio para poder devorar un libro tras otro sin que nadie la censurara. Aunque seguramente Juan II, su hermano, la obligó a alejarse de la corte y residir en la Kecharitomene desde 1118, Ana no tomó los hábitos hasta su lecho de muerte, siguió formándose y mantuvo la relación con miembros de la élite culta constantinopolitana: profesores, oradores, poetas, obispos… escritores y filósofos en suma vinculados a ella y a su madre.

La actividad principal a la que se dedicó Ana hasta su muerte hacia 1153 fue la composición de una obra histórica en torno a la figura de su padre, el emperador Alejo I Comneno. La Alexíada es una de las obras maestras que nos ha legado Bizancio y que nos permite conocer con detalle, entre otras muchas cosas, cómo se veían desde Constantinopla acontecimientos cruciales para la historia de Europa como las Cruzadas. La narración nos acerca asimismo a la poderosa figura de la princesa Ana y nos permite valorar sus finas dotes de observadora y la inteligencia con la que una mujer podía conseguir que se la aceptara en facetas tan inaceptables en una mujer como la de escritora. Además de la Alexíada, hemos conservados dos epigramas compuestos por Ana que prueban su sensibilidad estética y espiritual.

Ana Comnena, copista

Sobre la formación y las preferencias literarias de Ana nos cuenta muchas cosas la Alexíada y de su amplia educación se han hecho eco distintos estudiosos. De los Padres de la Iglesia (que para un bizantino eran fundamentalmente los Padres capadocios en el siglo IV y Juan Damasceno en el siglo VIII), su autor favorito era Juan Crisóstomo (347–407), al que cita sin mencionarlo en numerosos pasajes de la Alexíada.

Pues bien, el fondo griego de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial conserva un manuscrito de las Homilías a las cartas de S. Pablo de Crisóstomo copiado por una mujer, llamada Ana. Conviene mencionar que se trata de algo excepcional, puesto que sólo conservamos cuatro manuscritos bizantinos copiados por mujeres. Una de ellas ya la conocemos, es Teodora Raulena, quien copió en 1282 un manuscrito con los discursos de Elio Aristides (s. II d.C.), ahora en el Vaticano; otra es la monja María, quien copió en el siglo XIII un schematologion, ahora en Moscú; la tercera es Irene, hija de un miniaturista llamado Teodoro Hagiopetrita, que copió un heirmatologion ahora en Santa Catalina del Sinaí; la cuarta es Ana, copista de la Homilías de Crisóstomo en el Escorial Ω-II-13 (gr. 530).

Gregorio de Andrés, en el volumen III de su Catálogo de los códices griegos del monasterio de El Escorial, pp. 166-168, fechaba el manuscrito en el siglo XIII, pero el estudioso agustino no explicaba por qué, aunque seguramente lo hizo porque en aquellos años (el catálogo es de 1967) era creencia común que sólo en el siglo XIII se empezó a utilizar papel para copiar manuscritos griegos, y el Ω-II-13 es un códice en papel. En el f. 61v se lee la firma de su copista, seguida de dos poemas, que traducimos aquí (la primera línea es una invocación convencional):

“Cristo, ayuda a tu sierva Ana que ha escrito este libro.
Oh corifeo de los apóstoles, Pablo,
protégeme, desdichada, con tu intercesión.
Oh Señora, que proteges las tribus de los mortales,
protégeme a mí también, tú, veneradísima,
con la colaboración del corifeo Pablo,
y también con Pedro y todos los santos.”

Todo apunta a que Ana no es otra que Ana Comnena. ¿Quién sino ella habría compuesto unos versos invocando la ayuda de S. Pablo y de la Virgen? ¿qué mujer habría emprendido esa costosa y compleja tarea de copia de una extensa colección de textos?

La escritura de Ana es demasiado irregular para pertenecer a un calígrafo profesional y carece de los embellecimientos propios de una escritura de cancillería. Es una escritura funcional, clara y rica en formas, propia de alguien que no ejerce la escritura como profesión pero tiene un dominio sobre su lengua que le evita cometer errores.

Que la copia de Crisóstomo se realizó en la Kecharitomene es finalmente confirmado por la presencia en el códice de El Escorial de un segundo copista que sustituye a Ana en la escritura de algunas líneas (como en el f. 157v) y que tiene un gran parecido con la persona (hombre o mujer) que copió los ff. 122r-128v del manuscrito de París, Bibliothèque nationale de France, Par. gr. 384. Este códice conserva justamente el original del documento fundacional del convento de la Kecharitomene, firmado por la propia Irene Ducas.

La identificación de la escritura de Ana Comnena es un hallazgo relevante, pero no sólo porque a partir de ahora se puedan identificar otros manuscritos copiados por ella. La copia de las numerosas homilías que Crisóstomo dedicó a explicar las Cartas de S. Pablo a los Romanos, Corintios, Gálatas y Efesios fue un ejercicio de escritura largo y costoso, realizado probablemente a partir de varios modelos que Ana no tendría dificultad en encontrar en la Constantinopla del siglo XII. La importancia del descubrimiento reside así en que viene a confirmar la familiaridad de las aristócratas bizantinas con los libros y con la lectura y, a través de ellos, con la libertad de pensamiento que suele apelar en nuestras mentes la página escrita.