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Miguel Salvá, o el asentamiento de la Real Biblioteca

Tras la marcha de Salvador Enrique Calvet al abandonar el servicio en la Real Casa en 1839, la verdadera consolidación de la Real Biblioteca en su espacio definitivo, el actual, se produjo bajo la dirección de Miguel Salvá Munar (1791-1873). Pero antes hubo un ínterim de un bienio, con la dirección breve de otro prelado, Rodrigo Valdés Busto.


El breve interregno de Valdés Busto

Valdés (1770-1847), asturiano de cuna, desde 1814 en que se inicia el período fernandino, se opuso mucho al monarca ya que tenía fuerte vocación política además de ser eclesiástico. Desde 1822 fue diputado a Cortes por Asturias y pronto fue vicepresidente de las Cortes. Hubo de exiliarse a Londres tras ser condenado a muerte al recursar al monarca. Sería amnistiado por la reina viuda, e incluso por ella se le concedió la Gran Cruz de Carlos III, siendo muy isabelino, hasta el punto de designársele confesor real de la reina niña y su hermana Luisa Fernanda. De inquietud intelectual y siendo confesor, se vio natural que se ocupara de los libros palatinos, lo que así fue oficialmente desde 1841, influyendo políticamente en las niñas reales durante la regencia de Espartero. Se indicaba en el nombramiento que debía centrarse en “el arreglo” de la Real Biblioteca, es decir, su nueva disposición física tras el copioso traslado. Pero en julio del 43 abandonaba todo servicio real. Es decir, con Valdés se intentó poner orden en los libros y hubo una incorporación de una persona importante para ello, Manuel Carnicero Weber, que fue el que de verdad estuvo esos meses de su dirección al tanto de la misma pues Valdés, muy político, optó por ser senador por León desde el 42, falleciendo en 1847. Es decir, poco le interesaron los libros palatinos a Valdés en realidad.

La dirección de Salvá

A nadie extrañó así el nombramiento de Salvá en diciembre de 1843. Desde muy joven mostró habilidad en letras y además continuaba a Valdés como asimismo eclesiástico. De joven leyó a autores que le inclinaron a apoyar el Trienio Liberal (1820/23), y al igual que Valdés hubo de exiliarse luego tras el Trienio, lo cual era una buena carta de presentación en el isabelismo inicial tras el levantamiento carlista. Al regresar, en Madrid aprovechó el conocer idiomas para lograr oficialía en la secretaría de interpretación de lenguas ministerial. También fue redactor de la institucional Gaceta de Madrid, alcanzando asiento en la Junta de Instrucción Pública.  Pero ya en 1814 se había ordenado sacerdote y sus buenas letras le llevaron a ser auditor honorario del Tribunal de la Rota.

Lo que le llevó a la dirección de la Real Biblioteca a Salvá fue servir como bibliotecario del duque de Osuna en los años treinta. Como se sabe, la casa ducal poseía un archivo y una biblioteca imponentes. De hecho, tras la quiebra de la casa por la desastrosa gestión económica del duque Mariano, fallecido en 1882, el Estado adquirió ambos grandes depósitos por 900 mil pesetas, cifra altísima. Gestionar la biblioteca, de 35 mil volúmenes, con más de dos mil manuscritos, le dio prestigio y se le vio como la persona ideal para dirección palatina como bibliotecario mayor de S.M.

 

Retrato de Salvá, aparecido en La Ilustración Española y Americana  al fallecer en 1873

 

Retrato de Salvá, aparecido en La Ilustración Española y Americana
 al fallecer en 1873

 Como se vio en la entrada anterior, del traslado de los miles de libros reales -solamente el fondo Gondomar eran unos siete mil- se ocupó Calvet, pero estuvo esos años treinta muy centrado además en la testamentaría del difunto Fernando VII y en los bienes patrimoniales en especial de la infanta Luisa Fernanda, por lo que el establecimiento definitivo en la colocación de los libros en no solo los muebles viejos adaptados de la antigua Librería de Cámara sino a los nuevos encargados a medida, fue ya con Salvá en los años cuarenta. El proceso estructural del espacio tuvo además sus complicaciones al tener que entarimarse todo el suelo.

Superadas las dificultades físicas, Salvá decidió, en unión a superiores en la Real Casa, organizar un fichero manual para control y conocimiento detallado de la Real Biblioteca, para lo que se incorporó a un escribiente, José Velasco Dueñas. En 1841, a fines, se había incorporado asimismo, como se indicó, Manuel Carnicero Weber como auxiliar. Al incorporarse Salvá, era Weber bibliotecario ayudante en ejercicio, aunque no oficialmente, pese a cobrar como tal por lo que se quejó ya en 1847, reconociéndosele entonces como “ayudante bibliotecario segundo” alegando el realizar índices en esa nueva política de mayor control de los fondos, con Velasco como escribiente, que lo era asimismo del Archivo. 

Las estrechas relaciones entre la Biblioteca con el Archivo fueron de hecho fuente de fricción entre Carnicero y Salvá. Como siempre estuvo éste vinculado a su Mallorca natal, se ausentaba en verano para ir allí. El que en esas vacaciones le sustituyese un oficial del Archivo amigo de Salvá, Tomás Zaragoza y Sacristán, y no él siendo ya bibliotecario segundo hizo que se quejara nuevamente en 1850 Carnicero, reconociéndose los superiores de nuevo su razón. Zaragoza, además hizo labores que consideró intrusivas, como elaborar en 1849 unos [Borradores de] Noticia del origen, aumento y estado actual de la Biblioteca de Cámara de S.M. en julio de 1849 [y del] Origen del Monetario, su aumento y estado actual. Cesaron pronto las tensiones internas pues en 1851 Salvá abandonó sus funciones directivas al ser designado por fin obispo de Mallorca como anhelaba, nombrándose a Carnicero en octubre “bibliotecario primero” de S.M., aunque prefirió autodesignarse “de Cámara”, como antaño.

 Durante la dirección de Salvá se produjo una realidad positiva en la Real Biblioteca, la relación epistolar con algunos escritores y pensadores, como Juan Donoso Cortés. Y además la colaboración con ediciones importantes como la de la Real Academia de la Historia de la Historia General de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo, referencial. La colaboración con la Academia de la Historia no fue solo por ser director y haber en ella fondos necesarios para dicha magna edición, sino que era académico desde 1836, involucrándose en otros proyectos editoriales destacados de ella, como la Colección de Documentos Inéditos, verdadero corpus documental clave para la Historia de España. Asimismo fue censor en la RAH y perteneció a la RAE, además de ser senador vitalicio desde 1859. Moriría Salvá como obispo de su Mallorca en 1873, lejano su tiempo palatino.

Actividad encuadernadora

En los años cuarenta se siguieron ligando las pastas protectoras quitándose los viejos pergaminos, y se ocupó de ello Miguel Ginesta Haro (1820-1878) hijo del fundador de la saga visto en la entrada anterior y encuadernador de cámara como él. Realizó pastas sin orlas doradas ni hierros en lomera, a diferencia de las antiguas, aplicando pieles de vivos tornasolados, emulando los vistosos terciopelos románticos en boga; serían distintivas de Ginesta Haro sus pastas en tonos granates y anaranjados.

 

Ginesta Haro asimismo produjo encuadernaciones de lujo para S.M., unas alegóricas de la Corona, con sembrados de lises en los planos y escudo real, y otras iguales pero en seco, continuando una de las líneas paternas; y a veces usaba cifra real como su padre asimismo:

      También algunos trabajos eran alegóricos del contenido, como en el caso de los Estados Generales de la Armada, y en otras combinaba el dorado con el gofrado, en seco:

Los hierros y planchas doradas de Ginesta Haro eran de finura tanto en lo físico como en lo estético. Variado de concepto, también usaba el pergamino a la romana, y el mosaico, en combinación de pieles distintas, si bien parece que como su época fue la del dominio de los terciopelos de colore vivos huyó de ellos, siendo más bien tradicional, laboreando pieles.

 

De esos años hay trabajos notables de otros encuadernadores, catalanes por ejemplo, como de Pedro Domenech y Saló (1820-1873), entonces joven y creativo, aplicando en planos pronunciados relieves alternando gofrados y dorados, en pieles de colores sobrios y elegantes, con apliques metálicos y cortes cincelados de gran labor… con muaré en contraplanos enmarcados en ricas orlas… trabajó para Isabel II trabajos muy artísticos hasta los años 60 en las décadas centrales del siglo. La labor que sigue es muy romántica, imitando un rosetón catedralicio en unos Oficios de la Virgen dedicados a Isabel II en rico manuscrito.