Mirando al sol: historia de los eclipses desde la Real Biblioteca

 

A muchos ha podido parecerles excesiva la repercusión mediática y social que ha provocado el eclipse de sol del 12 de agosto de 2026; con desplazamientos masivos a los lugares en que se podía observar mejor, cortes de carretera, o programaciones especiales de radio y televisión.

Pero hubo una época no muy lejana en la que, con motivo de un eclipse, se convocaban festejos de varios días con pasacalles, conciertos, danzantes, bailes populares y fuegos artificiales.

Eso sucedió en 1905. Los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia se desplazaron a Burgos para observar el eclipse que tendría lugar el 30 de agosto,  y la ciudad celebró con tal motivo unas fiestas, del 27 al 31 de dicho mes. El mismo día 30, una hora antes de comenzar el eclipse, las bandas de música recorrieron la población, y fueron disparados profusamente cohetes y bombas. De todo ello da testimonio el programa de Fiestas de Burgos 1905 conservado en la Real Biblioteca (Signatura: C/XIX/24 (14))

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Sobre ese mismo eclipse existen en la biblioteca otros textos de carácter más técnico, como la Reseña de los trabajos efectuados para su observación, del Instituto Geográfico y Estadístico (Signatura: VIII/5565), o el estudio en alemán Die totale Sonnenfinsternis vom 30. August 1905 (Signatura: CAJ/FOLL4/41 (9)).

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Las tablas de eclipses de 1514

Pero podemos remontarnos mucho más atrás en el tiempo. Concretamente hasta 1514, año en que se publican en latín las Tabulae eclypsiu magistri Georgii Peurbachii (Signatura: IX/6182), una obra que contiene, en bella tipografía, tablas matemáticas para la predicción de eclipses de sol, conteniendo, entre otras ilustraciones, dos esquemas del eclipse ocurrido en 1460.

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Siglo XVII. El miedo a los eclipses

De 1600 es el manuscrito (Signatura: II/4038 (9)) realizado por el astrólogo y matemático Andrés Gómez, y dedicado al Rey Felipe III, Observación del eclipse del sol que acaesció en el año de 1600 a diez de julio y de sus discursos y juyçio astronómico. En él, entre otras cosas, advierte de los daños que el eclipse puede ocasionar: 

 

“A los hombres sujetos a Saturno o al Sol o a la Luna les vendrá suerte desastrada, ansí de la salud como de las demás necesidades. Las enfermedades por la mayor parte saturnales y cuartanas, y las que bienen de bracos y disgustos umanos, catarros, cámaras de la sangre, dolores de bejiga, y a las mujeres dolores del bientre”. 

 

El miedo que tenemos ahora a sufrir daños en la retina si contemplamos el eclipse sin la protección adecuada no es nada en comparación con el miedo supersticioso que provocaba este fenómeno en siglos pasados.

 

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El almirante Ulloa y el eclipse de 1778

Mucho más científica y rigurosa fue la observación hecha por el ilustre marino y naturalista Antonio de Ulloa del eclipse del 24 de junio de 1778, desde el navío España, que navegaba por el Atlántico. En El Eclipse de Sol con el anillo refractorio de sus rayos (Signatura: XIX/5276), el almirante Ulloa documenta con precisión todo el proceso. Indica que el movimiento del barco le impidió observar el inicio del eclipse, que la oscuridad total del disco solar fue a las 3:44, y que duró cuatro minutos; describe de manera minuciosa el anillo luminoso que se forma en torno a la luna; y anota detalles como el hecho de que las gallinas, pájaros y animales que llevaban a bordo, al hacerse la oscuridad, se echaron a dormir.

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Los eclipses de 1860 y 1900

A medida que nos acercamos en el tiempo va siendo más abundante la bibliografía que encontramos. Existen en la Real Biblioteca varios ejemplares de la Instrucción sobre el eclipse de sol, que ha de verificarse el 18 julio de 1860, así como una memoria sobre el mismo, obra del capitán de navío Francisco de Paula Márquez (Signatura: VIII/3309).

Del eclipse de 1900 se conservan también unas Instrucciones para su observación (Signatura: XIX/9239) y una Memoria (Signatura: XIX/9243), así como un curioso álbum de fotografías (Signatura: INF/6186), que recoge a la Infanta Isabel de Borbón, La Chata, observando el fenómeno en la localidad de Argamasilla; ; o un no menos curioso documento manuscrito, firmado por José Chocrón, que en cinco hojas hace una crónica de la forma en que se vivió el eclipse desde el Palacio Real de Madrid (Signatura: INF/CAJFOLL/1 (19)).

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La belleza de un eclipse

Más allá de la precisión científica, hay representaciones de los eclipses de gran belleza. Podemos citar, por ejemplo, los dibujos hechos por un anónimo mexicano del siglo XVI, al margen del folio 282 de la Historia universal de las cosas de la Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagún (Signatura: II/3280.

Pero posiblemente, la descripción más bella de un eclipse sea la que incluyó Juan Ramón Jiménez en el capítulo 4 de Platero y Yo, del que la Real Biblioteca conserva un magnífico ejemplar ilustrado, publicado en 1947 por la Editorial Gustavo Gili (Signatura: XX/EC/13).

“El campo enlutó su verde, cual si el velo morado del altar mayor lo cobijase. Se vio, blanco, el mar lejano, y algunas estrellas lucieron, pálidas. ¡Cómo iban trocando blancura por blancura las azoteas! Los que estábamos en ellas nos gritábamos cosas de ingenio mejor o peor, pequeños y oscuros en aquel silencio reducido del eclipse".