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Juan Ramón Jiménez. "Platero y yo. Una elegía andaluza". Ilustrado con litografías de José Mompou, Barcelona: Gustavo Gili, [1947]

La Real Biblioteca celebra el Día del Libro recordando a Juan Ramón Jiménez. Y lo hace mediante una magnífica edición de Platero y yo conservada entre sus fondos.

Platero y yo admite esa natural aprobación que solo alcanzan las obras tocadas por la gracia: la Odisea, la Divina comedia, las Mil y una noches, Hamlet o el Quijote suspenden la incredulidad del lector con argumentos que quieren ser definitivos: la vida como viaje, el amor como redención, la vida como relato, la duda como existencia o la lucidez como locura. Platero y yo obra de un modo menos seguro; renuncia al prestigio de la materia y confía en el énfasis de lo local, de lo delicado y lo secreto. Su magnitud consiste en transformar esas minucias en revelaciones universales por el mero arte de la palabra. Un poeta y un burro cruzan las estaciones por el campo de Moguer, pero la letra de esa ronda acaba derivando en el alumbramiento de una lengua que todo lo nombra como nunca habíamos oído. Cada adjetivo, cada metáfora, cada impresión, cada paso de Platero y su dueño bajo el sol o bajo las estrellas acaba convertido en un ensalmo que afirma la categoría universal de lo descrito. Y una vez leídas las mariposas blancas y el loco, el niño tonto y la novia, las tres viejas y el pan, la granada y la púa, la cuadra y las golondrinas, aceptamos con misteriosa lealtad que cada palabra es sagrada. Solo un poeta como Juan Ramón puede hacer de la prosa un poema inmortal. Y Platero es la mejor poesía que existe escrita en español sin recurrir al verso.


Desde la publicación de la obra en 1914, las ediciones de Platero y yo son incontables. La que hoy presentamos es una de las más singulares: a la extraordinaria experiencia sensorial que supone siempre la lectura de Platero añade el depurado gusto de una edición de bibliofilia que está a la altura de las exigencias estéticas de Juan Ramón Jiménez.
 

Se trata de una edición publicada en noviembre de 1947 por la editorial Gustavo Gili en Barcelona. Su singularidad como libro deriva de las litografías de Josep Mompou y Dencausse (1888-1968) que acompañan al texto. Mompou fue un notable pintor catalán perteneciente a la Generación del 17 cuya ascendencia francesa materna le llevó a vivir largas temporadas en París, donde comenzó a exponer de joven. El éxito progresivo de su obra le llevaría a prescindir del negocio familiar de fundición de campanas para dedicarse exclusivamente a la pintura. Su obra partió de los postulados estéticos del Modernismo y el Noucentismo para desembocar en la escuela fauvista y sus peculiares armonías del color, que él combina con una simplicidad muy elegante en el trazo del dibujo y una aparente espontaneidad que es fruto de una ejecución pacientemente meditada. 


Este Platero de Juan Ramón y de Mompou se integra en una colección mítica de la editorial Gustau Gili, las “Ediciones de la Cometa”, iniciada en 1930. Al cuidado de Hermenegildo Alsina Munné se publicaron los seis títulos que hicieron la colección. Semana Santa, de Gabriel Miró, abrió la serie; unas xilografías de Jean-Gabriel Daragnès, excelente ilustrador francés, arropaban el texto. Le siguieron dos volúmenes de Calderón de la Barca: El alcalde de Zalamea (1932), con dibujos de Josep de Togores, y La vida es sueño (1933), cuya iluminación se debe a Enric C. Ricart, el mejor xilógrafo de su época. Al año de 1934 le corresponden El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón, y los aguafuertes de Xavier Nogués. El quinto título de la colección reunió las Elegías de Eduardo Marquina con las ilustraciones a la punta seca de la pintora Laura Albéniz, hija del músico. La Guerra Civil desbarató la continuidad de la serie y habría que esperar hasta 1947 para que se cerrara con el Platero de Juan Ramón que Mompou enriqueció con unas litografías vinculadas a un elegante noucentismo muy afrancesado.
 

Las tiradas “de la Cometa” se situaban en torno a doscientos ejemplares que no eran idénticos porque podían componerse con distintos tipos de papel e incluir un número variable de láminas originales. Siempre se respetaba la excepción de imprimir un único ejemplar en papel Japón nacarado; a otros les correspondía papel Japón antiguo o papel Japón imperial, pero la tirada más numerosa se hacía sobre papel Arches con la filigrana de la Cometa. Nuestro ejemplar, numerado como 186, se compuso en caracteres Bembo sobre papel de hilo Guarro, combinación reservada para los números 35 al 200 de la tirada. Se conserva en rama, 27 pliegos sueltos acogidos a unas tapas en cartoné de color crema. Tipográficamente, la edición es exquisita: a las quince litografías de Mompou compuestas con el tamaño de la caja de escritura, debe añadirse un inspirado reparto de tintas que reserva el azul para títulos, cabeceras y paginación, el gris para las iniciales capitulares y el negro para el texto. Por lo que respecta al contenido, este Platero ofrece los 138 capítulos que Juan Ramón consideró definitivos en 1917, cuando la editorial Calleja publicó una edición que superaba los 63 capítulos que el autor había dado a la imprenta por primera vez en 1914.


“Ediciones de la Cometa”, colección de la editorial Gustau Gili vigente entre 1930 y 1947, supo conciliar en sus tiradas el concepto de obra clásica con el diseño gráfico más vanguardista del momento. Tradición y modernidad. Ese concierto aún se prolongaría en otra serie, “Ediciones Armiño” (1940-1951), otra prueba de la magnífica labor editorial de la familia Gili en la producción de libros de bibliofilia. 


Si Platero y yo forma parte del patrimonio universal de las mejores letras, la tirada que nos lo conserva en “la Cometa” no hace menos por afirmar el texto de Juan Ramón en ese limbo inmortal que solo corresponde a los mejores logros del hombre.