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La Real Biblioteca y los inicios en la investigación de Menéndez Pidal

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Navas tras llegar a la dirección

Desde 1880, don Juan Gualberto López Valdemoro, conde de las Navas y de Donadío de Casasola (1855-1935) era mayordomo de semana de Alfonso XII. Estrechó por tanto sus personales relaciones con la Casa Real lo que llevó a designarle bibliotecario mayor de la Real Biblioteca (suc. RB) ya bajo el nuevo reinado, en 1893. Erudito desde joven, fue docente en la Facultad de Filosofía y Letras madrileña y en la Escuela Superior de Diplomática fue catedrático en Paleografía  española. 

La realidad de ser paleógrafo avezado permitió darle constancia de la dimensión de la colección palatina de códices, pues siempre se sintió historiador -aparte su vena literaria, que la tenía-, y consideró pronto la necesidad de hacer un catálogo general de los manuscritos de la RB. Siendo gran tarea esa al estar entonces además el fondo de los Colegios Mayores salmantinos -hasta 1954-, decidió primero hacer el de las crónicas medievales centradas en la historia general de España. 

Menéndez Pidal, despegando en la investigación

A mitad de los años noventa ya destacaba en Madrid un todavía joven Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), discípulo de Marcelino Menéndez Pelayo, que supo transmitirle el interés por las raíces históricas y lingüísticas de lo hispano. Acabada Filosofía y Letras en 1891, el quinquenio siguiente fue muy formativo para Ramón pues fue asentando sus cimientos intelectuales tras intensas lecturas en el Ateneo de Madrid, frecuentando su gran biblioteca. En 1895 ya fue reconocido por la Real Academia Española por su estudio novedoso del poema del Mio Cid, editándose con sus notas tan relevantes en 1900. 

Le marcaron en esos años las aportaciones de los estudiosos españoles de la poesía medieval épica. Por una parte, Manuel Milá y Fontanals, sobre todo por su De la poesía heroico-popular castellana -del que bebió también antes don Marcelino; y también los grandes autores del Medievo, primero los italianos como Dante y Petrarca, y luego los castellanos, con la base de los estudios marcelinianos de la poesía medieval castellana. 

Trabaron contacto entonces el conde y el ya brillante estudioso, seguramente por acudir a investigar los códices medievales y del Siglo de Oro existentes en la RB, por lo que tras comprobar su valía le encargó Navas realizar el catálogo de Crónicas Generales de España, aparecido con gran aceptación en 1898. Durante su elaboración, dio a la luz Ramón un importante estudio, La leyenda de los infantes de Lara (1896), donde evidenció la existencia de la épica medieval como sustrato clave de la literatura nacional hispana, mereciendo el aplauso de los romanistas europeos, siendo fundamental la consulta de los códices palatinos para su elaboración. Este logro animó al conde a que prosiguiera con el resto del fondo. Así, expresó en carta al intendente de la Real Casa, don Luis Moreno Gil de Borja, su conveniencia, obteniendo la incorporación del joven Ramón como auxiliar temporero. Lo hizo el 28 de octubre y se iniciaba una dilatada vinculación de don Ramón con la RB, hasta el cinco de abril de 1911 tras renunciar días antes.

Don Ramón en la RB como auxiliar temporero y su contexto vital

La carta de recomendación del conde, de 26 de octubre de 1899, se halla en RB, ARB/64, CARP/28, doc. 234. La inicia el conde considerando que la RB es la segunda en importancia de España, y acrecentándose. Tras la renuncia del auxiliar temporero Francisco de Osuna quedaba vacante su plaza y aconseja al entonces doctor, que preparaba su oposición a cátedra. Ponderó que era “joven, ajeno por completo a la política sin otras recomendaciones ni esperanzas que las fundadas en su saber”, siendo ideal para la catalogación del fondo general de manuscritos, que estimaba en exceso -más de 6000 escribe-, destacando su aportación sobre las Crónicas generales de España. El dos de noviembre se incorporaba, percibiendo 1500 pesetas anuales. 

Ese año de 1899 había sido un annus mirabilis vital para don Ramón pues obtuvo  finalmente la cátedra de Filología Románica de la Universidad Central, y a la vez preparaba su boda con María Goyri del año siguiente, persona capital a su lado pues facilitó lo fructífero de su labor científica. Hicieron el viaje de novios la ruta del Cid y en ella comprobaron la pervivencia oral de la literatura medieval en forma de romances y otros cantares, si bien llevaba Ramón un lustro analizando las gestas épicas medievales buscando su huella.

Tras regresar se centró así en los romanceros y cancioneros manuscritos de la RB principalmente. Al año siguiente,1901, era tal su nombradía que ingresó ya en la Real Academia Española. Su vinculación con la RB esa docena de años no fue permanente pues sus diversas actividades le reclamaron, incluso oficiales de muy alto nivel, como ocuparse del arbitraje entre Ecuador y Perú por cuestión de límites fronterizos, una tarea de Estado encomendada por Alfonso XIII. En sus viajes hispanoamericanos observó la pervivencia romanceriil bajo formas autóctonas. 

En esos años se distanció, con estilo intelectual propio, de lo que representaba la erudición anterior, expresada por el concepto de Menéndez Pelayo, pues se alejó de la retórica decimonónica aún imperante en la escritura científica y también del sentido ideológico hispanófilo que subrayó en demasía don Marcelino. Optó así don Ramón por estudiar los orígenes de la nación y lengua castellanas pero con asepsia científica y mirando más a los romanistas centroeuropeos. Su mujer, la primera española licenciada en Filosofía y Letras, en 1896, influyó el tomar perspectivas interpretativas centradas exclusivamente en lo empírico, en lo documental y lo oral popular que había subsistido, en un talante de intelectualismo liberal que le llevó a tratar con personalidades de la Institución Libre de Enseñanza, y luego con miembros de la Junta para la Ampliación de Estudios tras su creación en 1907. Tres años después sería designado presidente del comité directivo de la Residencia de Estudiantes. Por entonces sus relaciones con don Juan Gualberto eran malas pues se habían deteriorado con los años.

Descontento de Navas

Las causas del deterioro progresivo de la relación estuvieron, primero, en que el bibliotecario mayor pensaba que tenía junto a él en la RB a un estudioso brillante sin más, no a una personalidad de la talla histórica de don Ramón en el romanismo internacional y en la vida cultural española contemporánea. No en vano fue nominado al Premio Nobel de Literatura por sus estudios 151 veces.  


Luego, observó que no cesaba de publicar aportaciones de interés y hubo de pensar, recelando, que dedicaba más tiempo a escribirlas que a la catalogación de la colección general de manuscritos. En esos años se ocupó de una edición de El condenado por desconfiado de Tirso de Molina (1902); de un Manuel de gramática histórica española (1904) de enorme éxito editorial; de un texto sobre el dialecto leonés (1906); de la edición fundamental de la Primera crónica general de España (1906); del Cantar de Mio Cid en edición de tres volúmenes sobre su texto, gramática y vocabulario, que sigue siendo clave para el Cantar (1908/12); y, fruto de conferencias en Estados Unidos en 1909, dio a la luz dos textos en 1910, El romancero español y L’épopée castilliane à travers la litérature espagnole.

A la altura de ese 1910, primero, las crecientes ocupaciones de don Ramón, y segundo, que ya fue consciente don Juan Gualberto su dimensión, provocaron que al año siguiente el vínculo con la RB de don Ramón acabara. Muy en breve, en 1912, ingresaría en la Real Academia de la Historia.

Unos años más tarde, ya en enero de 1917, consta una recriminación del conde a Menéndez Pidal por escrito, en ARB/44, CARP/12, doc. 223 lamentándose  de no haberse realizado no solo el catálogo general sino ni siquiera uno de poesía castellana, dado su estudio de los romanceros y cancioneros. En cambio, sí le dio tiempo a publicar, subraya, dos aproximaciones con ellos, “Cartapacios literarios salmantinos del siglo XVI”, en el Boletín de la Real Academia Española (1914). Siendo la otra publicación de ese mismo mes de enero de 1917, “Dos poemas inéditos de fray Luis de León”, en la Revista Quincenal.

Ese año, no obstante, escribió don Ramón al conde, amigablemente, para anunciarle que la tercera edición del catálogo de las crónicas (1918) estaba en las prensas de Blass con todos los originales y facsímiles, y que iría a la RB para rematar los preliminares. Es decir, don Ramón mostraba que no había tenido problema personal con el bibliotecario mayor; y es que no había nacido para ser solo un bibliotecario erudito, como tantos ha habido, y como pensaba el conde podía ser aquel 1899.


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